sábado, 10 de enero de 2015

No hay marcha atrás


Guadalupe Ramos

"No hay marcha atrás. La carretera no tiene camino de regreso y la palanca de velocidades está en 4a. Nadie te parará, tú bajarás el acelerador donde más te convenga. Pero de regreso jamás. Dejaste ese camino traicionero, peligroso y lastimoso; lleno de inseguridades, desconfianza y mentiras. No hay camino para volver. No más ̈. Marzo, 2004.

Leyó por décima vez lo que escribió el mismo día cuando cumplió seis semanas de reposo ordenadas por la doctora tras la complicada operación del fibroma, la que le devolvió la esperanza de lograr el tan esperado embarazo desde que se casó con Emilio.
Andrea lo repitió en voz alta. --No hay marcha atrás, este viaje no será como todos los anteriores. No hay regreso. Y aún con el ánimo en el suelo pero ya con mejor color en su rostro, después de su recuperación, comenzó a empacar las dos maletas que acostumbra llevarse a México sólo con ropa y regalos para sus queridos sobrinos y sus hermanas y hermanos. A su madre la verá en el cementerio como cada 2 de mayo, y a su papá lo visitará de regreso en la frontera, como cada que regresa a Nueva York a vivir la vida.
Su vida de angustias, inseguridades, miedos, sacrificios, rencores, amenazas, malas palabras; una vida que hubiera querido diferente desde que conoció a Emilio, siete años atrás, cuando nunca imaginó su destino en aquél viaje que hizo sólo por unos meses de vacaciones.

Llegó una nevada noche de invierno. Pero hasta el frío se le quitó cuando vio las luces de Nueva York y los grandes edificios como alguna vez los vio en las películas. Era un sueño y una realidad: nunca pensó dejar su natal Distrito Federal pero siempre quiso conocer la Gran Manzana, ir a la Estatua de la Libertad, subir al Empire State y caminar en Time Square, lleno de luces y anuncios gigantes con pantallas que hablan.
La nieve fue la novedad de la noche. Aunque muy bonita y soñada desde que miró la película Pequeño angelito, retrasó su llegada a tiempo al cumpleaños de su amiga Gabriela, quien la invitó a quedarse también por seis meses.

Tenía todo casi listo. Deseaba ver a su familia pero estaba muy dolida porque Emilio la había dejado sola después de la operación, como siempre lo había hecho cuando ella más lo necesitaba: cuando se cortó las manos, cuando tenía que llevarla a quitarle los puntos, cuando tenía que traducir en el hospital para obtener ayuda financiera.

Era tanto el dolor y la decepción de que la única persona que tenía en Estados Unidos la hubiera abandonado literalmente otra vez, pero en una operación complicada, que lo único que hizo cuando cumplió las seis semanas de reposo fue imaginar que el próximo mes, hasta antes de irse a mediados de abril, estaría encargada de cuidar una gran mansión, donde tenía la mejor cama, la más deliciosa comida, las mejores ropas, los más interesantes libros y de preparar la cena a un millonario exitoso que acabaría por enamorarse de la hogareña hispana.

Eso hubiera querido de su esposo. Dejó todo en la Ciudad de México por regresar a vivir con él sin siquiera conocerlo. Ni ella misma sabe qué fue lo qué sintió cuando después de regresar a su natal país, tras seis meses de vivir con Gabriela, Emilio le mandó una carta, la buscó, consiguió su teléfono en el hotel donde trabajaba como recepcionista. Tres años después escuchó su voz y sintió un movimiento en su estómago, diferente a cuando lo conoció por primera vez el día en que abrieron las playas y junto a Gaby, su pequeño hijo Alex y la pareja de su amiga llegaron a la playa Orchard a ver cómo una ligera lluvia movió a toda la gente a cubrirse del clima mientras apreciaban un concurso de merengue y salsa de niñas y niños de entre 8 y 10 años.

Esta vez sólo llevaría lo que tenía puesto. Ahora sí ocuparía todo lo que guardaba en la casa familiar, en su cuarto verde, con su colcha verde y sus carpetas verdes. Desde que salió del DF la habitación estaba igual. Sólo la ocupaba ella cuando regresaba de vacaciones, o iba a una fiesta familiar, o a la misa de difunto de su mamá. Sabía que no quería regresar a Nueva York, no tenía que regresar con él, esta vez ya no. Pero dejó sus cosas y como si supiera que no volvería en diez días como le dijo a Emilio, pagó la renta por dos meses y encargó a su amiga Sonia que estuviera pendiente. –El no va a venir porque no tiene llave, sólo te encargo echarle un vistazo al estudio, le dijo. La dominicana se convirtió en su amiga y confidente cuando también ella sufrió maltratos de su esposo italiano; cuando escuchó que le pegó y ella le gritó que llamara a la policía. Al siguiente día le contó su historia y se hicieron amigas del mismo dolor.

El baile del perrito y llorarás y llorarás pusieron a bailar no sólo a los chicos, los grandes movieron pies, manos, caderas y Emilio no dejaba de mirar a la mexicana quien intentaba agarrar el paso de una música, que si bien la había escuchado en México y bailado, el ritmo en el Bronx era diferente y único. Los ojos verdes de él, heredados por la bisabuela paterna, se clavaron en los de ella y allí comenzó su historia.

La emoción de ver a su familia y estar para la celebración del Día del Niño, hizo que Andrea soportara el peso que sentía en este viaje; de cada pieza de ropa que empacaba, de cada zapato, de cada regalo para los sobrinos. Estaba realmente dolida, herida y decepcionada porque durante dos semanas después de la operación del fibroma, Emilio no la buscó, no le preguntó si tenía comida, dinero o si necesitaba algo. Fue Sonia quien la ayudó a tomar su primer baño y a ponerse su ropa íntima porque no podía doblarse. 
–No lo puedo creer. Cómo es posible que no me haya hablado para preguntar si necesito algo. Bueno, si lo puedo creer porque ya me lo ha hecho muchas veces, le decía a su vecina quien estaba embarazada y con dificultad la ayudaba a vestirse.

La famosa canción Morena ven de los Hermanos Rosario hizo que Emilio invitara a bailar a Andrea, cuyo tono de piel oscuro estaba más tostado por los pocos rayos de sol que la mexicana tomó. --No me gusta el sol porque cada que me quemo, no se me cae la piel y me requemo más, le dijo a Emilio, quien al minuto de estar bailando con ella le preguntó lo que lleva días saber de una persona que acaba uno de conocer.

Estaba realmente embobado; Andrea le gustó desde que la miró intentando bailar el baile típico de su país República Dominicana, y como buen anfitrión le enseñó el sensual movimiento. Ese baile y esa canción, serían recordados por Andrea en toda su vida.
Ya repuesta de la operación, Andrea comenzó a caminar normal, a salir, a hacer su vida pero la tristeza se apoderó de ella por mucho tiempo, hasta sus ojos estaban como caídos, sin luz. Bajó 10 libras y eso fue lo único que le dio gusto, porque pudo volver a lucir algunos pantalones, y muchos de sus favoritos. Pero como cada vez que se dejaban de ver, ella fue la que buscó a Emilio para pedirle dinero para comprar comida. Y como cada vez que pasaba eso, él de orgulloso se ofendió y le respondió mal y la mandó a buscar con sus amigas o amigos,  ̈con los que sales, y te luces ̈, le dijo. 
Después de los insultos, él la llamó, la buscó, le pidió perdón, la abrazó, le compró flores y otra vez estaban juntos. Pero ella sabía que el viaje no tendría regreso, esta vez no. Lo que le había hecho Emilio le cambió sus sentimientos. Aceptó las disculpas, y la comida y el dinero y sus abrazos y besos. Era una contradicción, pero todo lo aceptó. Estaba sola, sin familia, y sus amigas nunca fueron a verla al hospital. Sentía una gran decepción y sólo contaba los días para tomar el avión y llegar a su casa, a su espacio, al que hizo totalmente suyo cuando murió su mamá y en la repartición de la vivienda le tocó esa parte.

Emilio no sólo le enseñó a bailar merengue, la llevó al Barrio Chino, al Alto Manhattan, a comer una deliciosa comida dominicana que por el resto de su vida la comería hasta en México, cuando encargaba en el mercado los plátanos verdes para hacer tostones. Por el resto de las vacaciones la visitó, la llevó a bailar, a pasear y le regaló música de Quisqueya. Pero Andrea no sintió nada por él. Una noche de regreso de bailar, él la intentó besar y ella lo rechazó. No volvió a salir, ni le gustó ni le interesó y se dedicó a organizar su viaje de regreso a México, después de seis meses de no ver a su mamá, sin saber que su vieja sólo estaría viva 90 días más.

Pocos días de que regresó Emilio a llevarle comida, flores y dinero, otra vez se enojaron. Ella estaba triste y vulnerable, y él orgulloso y prepotente. Ella no podía decirle nada sin que se ofendiera y amenazara otra vez con dejarla sola. –Por qué no te nació buscarme, venir a tocar la puerta y traerme comida, leche y ayudarme? Sabes que estoy operada y sola, y no cuento con nadie, sólo contigo, le reclamó. No lo hubiera dicho.

Emilio salió furioso de la casa, dejó todo y sin el menor gesto de consideración regresó a la casa de su madre, con quien vivía después que Andrea le pidió la llave y le dijo que se fuera cuando descubrió en su celular el número de una mujer que había conocido en una barra donde bailan por 2 dólares. –Es lo último que te paso, sabes que estoy enferma y tengo que prepararme para la operación, no puedo tener intimidad y vas y buscas a la primera que te sonríe, le gritó y lo corrió.

El poco tiempo que conoció Andrea a Emilio en sus seis meses de vacaciones en Nueva York no fue suficiente para que ella se interesara en él. Pero a los tres años que escuchó su voz en el teléfono del trabajo, la sacudió de tal forma que su vida cambió para siempre. Ella no sabe qué fue lo qué sintió, ni lo qué le pasó. Pero de la noche a la mañana renunció a su trabajo de tres años, justo cuando había sido promovida a tener un mejor puesto por el desempeño mostrado. Dejaría de ser recepcionista para convertirse en asistente de la gerente de ventas y publicidad. Su natural carácter social de hablar con todos,  ̈hasta con los de la basura hago plática ̈, logró concretar ventas de grandes empresas para paquetes vacacionales con sólo escuchar su voz y su explicación de las ventajas sobre la competencia cuando llamaban para preguntar los precios. Tenía la voz de una líder.

La pelea no duró más de cinco días, al sexto él la buscó y se vieron como si nada hubiera pasado; ella lo disimuló, pero nunca olvidó que una vez más la engañó. --Es un ciclo del que no puedo salir, reconoció. Y es que no sólo esa vez le encontró un número de otra mujer, en otra ocasión habló con una pocos días antes de casarse. Le dijo que no sabía que estaba viviendo con alguien, y que lo conoció en una discoteca y sólo llamaba para saludarlo, pero que la disculpara y que no volvería a llamar. Andrea le creyó a ella, pero no a él de que no intentara ponerse en contacto con la mujer que lo buscó luego de conocerla cuando ella tuvo que viajar de emergencia a México a resolver asuntos legales de la casa que dejó su mamá a la familia.

Su jefa no pudo cambiar la decisión de Andrea de dejar la oportunidad que estaba esperando desde que entró a la reconocida compañía. Le dijo que respetaba su decisión y le deseó mucha suerte en su nueva etapa de vida en pareja. Los que sufrieron y lloraron fueron sus hermanos y sobrinos, quienes siempre se reunían gracias a ella.

Una fiesta familiar hizo que Andrea y Emilio estuvieran juntos y como felices enamorados frente a los ojos de todos, pero ella seguía sintiéndose mal, incómoda, triste y decepcionada. Pasaron las últimas dos semanas de marzo sin que él le pidiera una disculpa real por haberla dejado sola en el hospital. Se aprovechaba de su condición médica para manipularla diciendo que ya estaba cansado de dormir sin tener intimidad, y hasta llegó a decir que por eso los hombres buscan a mujeres fuera de la casa porque no les cumplen. Eso fue lo que hizo que Andrea tomara la decisión de irse, dejarlo y vivir tranquila y en paz con su familia en México.

Desde que llegó a trabajar al hotel, Andrea supo que quería estar en el departamento de ventas y publicidad. Sabía hablar muy bien, expresarse como una ejecutiva frente al director y representantes importantes de otras empresas que buscaban los mejores paquetes para viajes de negocios. Pero su jefa no la miró al principio, no le puso atención ni cuidado al desarrollo personal y profesional que la mexicana había logrado en dos años. Fue un día de la madre cuando todos quedaron impresionados por su capacidad de ventas. Con sólo describir el  ̈cálido ambiente familiar, de servicio, de atención y de sabor y color en la gastronomía nacional e internacional ̈, vendió un fin de semana a 30 familias procedentes del interior del país que por equivocación marcaron otro número del hotel que les habían recomendado.

Los últimos dos días lo trató normal, y finalmente volvieron a dormir juntos como recién casados. El la besó, la acarició con cuidado y, consciente de la cirugía que había tenido dos meses antes, le hizo el amor con la delicadeza cuando se hace por primera vez.

A pesar de su dolor, su tristeza y con la seguridad de que faltaba poco para irse y dejarlo, Andrea sintió una vez más amor por él y aceptó las caricias que Emilio había guardadopor ocho semanas.
De nada val ieron los ofrecimientos de su jefa y del director general quien le aumentó 100% su salario. Ella estaba decidida a irse a vivir a Estados Unidos con Emilio, y la única condición que le puso fue ir por ella a México y conocer a su familia.

Antes de que eso sucediera, Andrea regresó a Nueva York a la boda de una tía de Emilio, y la sorpresa que se llevó fue ver la habitación de soltero de Emilio transformada en una matrimonial: cama, muebles, cortinas, sábanas, y todo lo necesario para vivir como marido y mujer.

El 29 de abril a las 2 de la tarde Andrea voló en el asiento 6c y aunque triste y decepcionada, estaba feliz porque vería a su familia, quien ya la esperaba con una taquiza, música en vivo, primas y primos, tías y tíos y su papá, quien la sorprendió esperándola en el DF antes de que ella lo viera en la frontera.

Emilio nunca había regresado a su natal República Dominicana, y después de diez años voló a México por su futura esposa. Allí conoció a la familia, su casa, sus amistades, sus tradiciones y costumbres. Después de una semana, juntos regresaron a vivir una vida que Andrea nunca imaginó sería en Estados Unidos. No lo conocía y él no le dijo la realidad de las cosas, de su vida, de su falta de trabajo y de responsabilidad.

Pero ella lo quería y así lo aceptó, y vivió con él una vida tan diferente a la pensada y soñada en el país azteca, hasta el día en que la dejó sola en la operación del fibroma, con la esperanza de tener un hijo, el que nunca llegó porque en su último viaje a México no hubo marcha atrás.

El grupo norteño tocaba su canción favorita Paso del Norte, y su papá la esperaba listo para bailar, como en los viejos tiempos, cuando su mamá estaba viva y organizaba las grandes reuniones con tacos de guisados y música en vivo. Allí estaban todos: sus hermanos y hermanas, sobrinos, tías, primos, amigos y una vida tranquila, en paz y con amor. Suficiente para decir una vez más No hay marcha atrás.

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